Al entrar en el actual estudio de Javier Domenech, en Almu­ñé­car tras­­­­­­pasamos el tiempo e intuimos que el espacio donde pinta, la sala de luces de una vieja casona señorial y centrica del siglo XIX, es el apropiado para un artista que define su trabajo inspirado en gran parte “en la pintura figurativa que va desde el siglo XVIII, hasta nuestros días, utilizando como medio la pintura al óleo, y el esgrafiado para el dibujo”.

La altura y delgadez de su personal constitución, que se mueve en el interiorismo decadente del lugar, refuerza una imagen romántica de la bohemia e impregna de sentido al artista que dice “ crear de una forma autobiográfica, con escenas y situaciones cercanas a mi experiencia actual, donde se conjugan personajes anónimos, arquitecturas y naturalezas muertas que establecen un diálogo entre sí”.

IMPLICACIÓN SOCIAL
Nos movemos entre lienzos, pinturas y pinceles, entre grandes formatos y bocetos desperdigados sobre tablones apoyados en borriquetas o lienzos en preparación sobre el magnífico enlosado hidráulico del suelo mientras Domenech va punteando la conversación con reflexiones sobre su visión del mundo que luego plasma en la obra: “Mis protagonistas suelen adoptar una pose pensativa, observando el vacío, para así reflejar la soledad y la melancolía de una forma un tanto angustiosa con la finalidad de dejar patente lo sólo y perdido que está el hombre en el mundo que le rodea”.

De hecho, Javier entiende la pintura como una implicación social, y en ello intenta adentrarse en los miedos del ser humano, la soledad, la confusión, la tristeza, la tragedia. “Casi siempre sitúo la acción en espacios interiores tal vez menos atractivos pero que ayudan a reflejar la situación de la que hablaba antes”.

En su trazo vislumbramos a Goya, pero el pintor sostiene que “los pintores que me han influido, han sido los maestros del pasado como Velazquez y Rembrandt, pasando por Fortuny, Sorolla y mis dos maestros Yoshio Yamasaki y Eugenio Ocaña”. Es patente en su plástica que, según comenta, intenta reflejar la psicología del modelo, pero que como en toda obra se cuenta una historia de la que cada uno puede sacar su propio argumento, “hay tantas historias posibles como espectadores que las observan”. Y esa es la aventura de mirar un cuadro.

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