Tomás Hernández desde el Peñón de las Caballas

Javier Celorrio/Los pintores, los fotógrafos suelen tener la luz como primordial en el momento de realizar una obra. También los escritores han dejado páginas memorables sobre la descripción de una atmósfera y se podría mencionar a Stendhal con su Waterloo de la Cartuja que no narra la batalla pero sí el movimiento o a Durrell y sus modulaciones de luz en el Cuarteto. Me interesa saber cómo influye ese rayo de luz como el de los místicos, esa suspensión del polvo en el aire atravesada por un haz luminoso, en la poesía.
Tomás Hernández/La semana pasada, leía una entrevista con el escritor valenciano Joan Francesc Mira. Cuenta que, en cierta ocasión, lo invitaron a unas reuniones sobre arte y le propusieron que hablara sobre lo mismo que usted me pregunta: la luz en la literatura. Mira cuenta que no sabía cómo encarar el reto. Terminó hablando de la luz en la Divina Comedia. Su traducción de la obra de Dante al valenciano mejora en mucho las versiones conocidas en castellano.
Siendo joven, leí o escuché contar a alguien una recomendación de Azorín en la que decía que un ejercicio de estilo excelente y difícil era escribir sobre una puerta entreabierta en las primeras luces y captar los distintos matices de “esa suspensión del polvo en el aire, atravesada por un haz luminoso” de la que usted habla.

JC/¿Y cómo sería esa luz en la poesía?
TH/En poesía, Juan Ramón Jiménez es el poeta de la luz. En ninguna otra obra, creo, como en la suya está presente la luz, todas las luces. Machado es otoñal, Juan Ramón no es sólo, eso dicen, el poeta que más adjetivos haya encontrado para referirse a la luz. Juan Ramón va más lejos y escribe en Espacio: ‘¿Por qué comemos y bebemos otra cosa que luz o fuego?’. Ese poema, Espacio, es de lo más grandioso en poesía española junto con San Juan.
Esa luz del poema no se consigue, claro está, a fuerza de repetir la palabra ‘luz’, pero debe brillar en el agua de un arroyo, en una piedra limpia, en el asfalto o en el lomo de un coche a toda velocidad, como diría Ferlinghetti.

JC/¿Me definiría esa luz en La Herradura?
TH/En La Herradura, esa luz casi se puede tocar. Ahora, en estos días de septiembre, ha perdido la dureza hiriente del verano, la fragilidad acerada de agosto, una luz casi metálica que ahora se vuelve más suave, se difumina, casi desaparece amoldándose a las cosas.
En el libro que dedico a La Herradura, Peñón de las Caballas, escribo con frecuencia sobre esa luz. Había en un monte frente al mar una casa de aperos abandonada y me gustaba mirar por las ventanas rotas y ver “los racimos de luz por las grietas metálicas” colgando del techo o la “luz redonda en la era, en su cerco de piedras”.
Mi amigo, ese enorme poeta que es Reinaldo Jiménez, también escribe sobre los prodigios de la luz en La Herradura: “Transparencia del mar en la bocana,/ el viejo maderamen. Se deshace/ la luz sobre los mástiles”.

JC/Nabokov decía que la lectura de una obra maestra había que abordarla como si se tratara de un mundo nuevo y abandonar antes de leer su primer párrafo las ideas preconcebidas sobre la misma. Pero creo que la estructura de la poesía, su corpus es mucho más proclive a ese deslumbramiento del lector a ese concepto de opera aperta.
TH/Creo que a lo que más se parece un poema es a un cuadro, a un fotograma. Mientras el relato es lineal, el poema es instantáneo, súbito, inmediato. Lorca sería un maestro de esa inmediatez: “Sus tardes son largas colas de moiré y lentejuelas”.

JC/Mi asignatura pendiente, usted sabe, siempre ha sido la poesía, Cafavis o Gil de Biedma, acaso Eliot son la excepción de mi escaso magisterio en esa materia. Qué lectura recomendaría a los más jóvenes y a alguien como yo que ya va sabiendo que envejecer y morir es el único argumento de la obra. Son dos edades y dos experiencias distintas quiero que lo tenga en cuenta.
TH/Los libros nos buscan a nosotros. La poeta Ángeles Mora tiene un hermoso poema sobre ese asunto. Nunca me ha gustado recomendar libros, ni a jóvenes ni a provectos. Sí he hablado, y sigo haciéndolo con entusiasmo, de los libros que me han emocionado. Pero los libros, la poesía en especial, que es un diálogo de intimidad, sólo hay que buscarlos según nuestras preferencias o nuestro estado de ánimo. A mí, más provecto que usted, me sigue emocionando Pound, los Cantos Pisanos, que es un poeta épico y, de repente, de un sentimiento desbordado y arrasador. Y el solitario y soberbio, en ambos sentidos, Cernuda, el más grande de su grupo. Y mi maestro César Simón. Y mi amigo, el poeta esencial que es Vicente Gallego. Y Reinaldo Jiménez. Y los últimos libros de Álvaro Salvador. Eso es lo que leo.

JC/Ya que habla de edad, ¿se escribe de igual manera la poesía a los 15 que a los 70 o para eso no hay edad y sí siempre receptividad?
TH/No sé qué decirle. A los quince años no se ha tenido tiempo todavía para leer lo suficiente, no se posee una retórica con la que expresarse. A los setenta quizá la realidad, las vivencias, tu propio cuerpo, empiecen a adormecerse y las señales hayan perdido el fulgor y el brío de antes. No sé, la verdad.
Raimbaud dejó de escribir a los veintidós años y ahí está. El jovencísimo poeta canario Francisco Casanova, prematuramente desaparecido a los diecinueve años, ha dejado una obra al parecer muy interesante. Yo no la conozco. Lo mismo cabría decir del poeta granadino Pablo del Águila, que dejó entre sus escritos un libro sorprendente, Desde estas altas rocas innombrables pudiera verse el mar. Fuimos compañeros de curso en Granada. Goethe fue genial hasta su muerte y vivió muchos años.

JC/¿Ha perdido la poesía su voz combativa, la voz de la calle y vive entre las ruinas de su inteligencia?
TH/Gran parte de la poesía de ahora vive entre las ruinas de su vacuidad y algunos son responsables de eso.

JC/¿ A quiénes se refiere con esa responsabilidad? ¿La cultura, la sociedad, los escritores o la tendencia a lo fácil en todo los órdenes?
TH/Me refiero a quienes han abaratado la poesía, confundiendo la confesión sentimental con el poema y auspiciado la ramplonería como hallazgo insólito.

Tomás Hernández Molina nació en Alcalá la Real en 1946. Dedicado a la docencia durante toda su vida profesional, su obra literaria es mayoritariamente poética: Esfinge (Valencia, 1978); La manera en que muerdes tus labios cuando esperas (Valencia, 1981); El viaje de Elpénor (Biblioteca Nueva, Madrid, 2004); Cuaderno de Salobreña (Salobreña, 2004); Y véante mis ojos (Biblioteca Nueva, Madrid, 2006); Última línea (Hiperión, Madrid, 2007); Accidentes geográficos (Las Palmas, 2008); Peñón de las Caballas (Tres Fronteras, Murcia, 2009); Tres veces vino y se fue el invierno. Antología 2004-2009 (Instituto de Estudios Giennenses, 2013); 174517 [El corazón del pájaro] (Cénlit, Pamplona, 2016); Hotel Comercio (Alcalá la Real, 2017). Como poeta ha recibido, entre otros, el Premio Ciudad de Zaragoza, el Premio Manuel Alcántara, el Premio Jaén, el Premio Antonio Oliver Belmás y el Premio Ciudad de Pamplona.
Ha publicado también Epigramas de Marcial (Universidad de Granada, 2003), Poesías de Francisco de Aldana (Biblioteca Nueva, Madrid, 2005) y en el año 2012, Un viento inesperado, sobre el naufragio de la armada de Felipe II en La Herradura en 1562.

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