Como cada verano, en éste también las sopas frías serán el sustento principal de mis comidas y en alguna mañana, una única como suele acontecer, se me volverá a aparecer aquella pareja que vi una mañana de allá por los setenta y que me recordó a la cinematográfica de Dos en la carretera, que nada menos eran Audrey Hepburn y Albert Finney. Ese día la banda sonora será la de aquella película y, por supuesto, un visionado rápido de alguna de sus escenas. Es como un ceremonial de mi particular liturgia cinéfila y sentimental: un recordatorio de lo inexorable del tiempo, pero también de lo flexible que es nuestra memoria que tan pronto hurta o devuelve aquello que un día nos conmovió profundamente y que genera cierta voluntad revitalizadora.

“No olvidemos que de pequeño veía muertos en El Altillo y de aquello me queda una capacidad para adivinar las derivadas caídas de la Casa Usher”

Por supuesto, soy consciente de lo sobrenatural del encuentro y de mis poderes visionarios en ese terreno. No olvidemos que de pequeño veía muertos en El Altillo y de aquello me queda una capacidad para adivinar las derivadas caídas de la Casa Usher.

Digamos, que los veranos, a cierta edad, se convierten en vintages y son montones de fotografías que rescatamos de cajones que no abríamos y que de repente se presentan como trombas que nos inundan.
Al caso, el verano pasado la experiencia me devolvió momentos que creía idos definitivamente y hasta alguna postura vital que daba por perdida. Así que, en alguna sala coloqué algún jarrón con flores perfumadas de aquellos jardines recoletos de mi infancia que a nuestro paso olían a jazmín intenso. Y estudiadamente desplegué, sobre algún diván, sábanas antiguas de hilo rescatadas de algún baúl olvidado.

En un amanecer de fuerte olor a salitre y nardo, cuando las sombras interiores temblaban a la luz de velas, reaparecieron sensaciones de aquellos julios de azules poniente; el calcinado agosto con el aire colmatado de chicharras y la sombra de parrales y primer escalofrío de septiembre.

“Los veranos, a cierta edad, se convierten en vintages y son montones de fotografías que rescatamos de cajones que no abríamos”

Fue una llamada mágica del recuerdo desnudo que susurra desde el desconocido umbral de tu consciencia y al abrir la puerta te lo encuentras vestido con todas esas miradas de las que pensabas que jamás volverían a tener aquella alegría que le conociste en lejanos veranos de nuestra vida. Pero realmente eran ellos y, aunque en fotografías, estaban otra vez sus voces en el aire, sus aromas a colonias frescas sus linos, gasas y sedas.

Por el momento desconozco como se escribirá este verano de 2017, cuando uno ya es señora Stone a cualquier alzamiento de la líbido. Curiosamente la Stone (La primavera romana de la señora Stone) en su última secuencia se abandona a la suerte arrojando las llaves de su lujoso apartamento romano a un ragazzo de la vita, a un chapero mendicante de apariencia peligrosa: el único curiosamente que la ha protegido invisiblemente durante toda la película. Tiremos, pues, la llave a esta canícula y que suba lo que tenga que subir.
“Avanzar retrocediendo, incluyendo en ese devenir todos los sustratos del pasado”. Como si dijéramos un palimpsesto de veranos. De todos los veranos en este que avanza sobre la resaca inevitable de todos los demás.

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