“El tiempo es la arena o el agua que cabe en un puño y se va yendo”, creo que la frase es de Juan Cruz de su libro “Egos revueltos”. Pero, y como diría maestro Umbral, tampoco me voy a levantar a buscar la cita. Y, además, que esta serie de entrevistas o de monólogos se debe de fiar de la memoria de los convocados, pero conscientes de que los recuerdos son un palimpsesto (“una materia informe que se va haciendo mientras la buscas”) que el paso de la arena o el agua va escribiendo sobre la particular perspectiva que de la ciudad tienen los convocados. Proust que acabo con la novela decimonónica y sus técnicas para hacer otra novela, sugirió que una magdalena mojada en “a cup of tea” fue inicio para buscar el tiempo perdido; los personajes pasaron por sus páginas siempre con una premisa en su técnica: la realidad nos hace ver que no podemos percibir lo que sucede en el interior de nuestros semejantes ni aunque estos nos toquen la carne. Hoy abrimos en Próxima una galería de personajes que nos irán dando su testimonio del Almuñécar que conocieron, la ciudad que recuerdan, los momentos que en ella vivieron. Pero adelanto que no buscaremos el “genius loci” de esta tierra bimilenaria, puesto que nuestros invitados pasan por el paisaje y nos lo cuentan haciendo un particular “amarcord” de sus vivencias. Pero, y tal que opera aperta, queremos intentar que el lector de estas semblanzas mantenga también una interlocución con sus recuerdos, él que si sabe de sus venas y nervios en su desnudo intimísimo.

Debo decir que el primer vislumbre de esta serie, “Por el camino de Amarcord” en honor al gran Fellini, surgió haciéndole una entrevista al fiscal Luis Navajas un mediodía de hace un año en una de las mesas del restaurante La Parra. A la primera pregunta, antes de empezar el cuestionario más comprometido, sobre que recordaba del Almuñécar de su infancia noté como se iluminaba su cara, sus ojos y hasta cierta relajación siempre necesaria para que el entrevistado se sienta a gusto. Había que preguntar otras cosas más concretas y peliagudas, pero aquella primera interrogación se resolvió con una carga alimenticia mucho más potente que el jugoso tartar de atún que sirven en el restaurante qPor el camino de AmarcordPor el camino de Amarcordue nos acogía. Ya en el inicio de su respuesta se abrió la puerta con su “Aquella Almuñécar era muy poética”. Su amarcord particular empezaba a fluir de forma satisfactoria e intuí, como se suele decir, que allí había tema.

“Aquella Almuñécar era muy poética. Fíjate, la recuerdo en blanco y negro. La primera imagen que me viene, la imagen más primitiva que recuerdo es el acceso desde La Caletilla a San Cristóbal por el Santo que no había vía abierta era un camino de tierra. Nuestra primera casa de veraneo alquilada fue donde estaba el restaurante Yinch, obviamente no la recuerdo porque yo debía de tener unos seis meses, sería el verano del 49. Y ahí estaríamos varios años de vacaciones, puesto que hay una foto de mi hermano Juan, que es el mayor, y yo donde nuestra madre nos está enseñando a nadar, debo de tener unos tres años. Es curiosa la foto, porque estamos atados a una cuerda a la cintura con las que nos echaban a la orilla y luego nos iban sacando o ya salíamos solos braceando. Posteriormente, cuando yo debía tener cinco o seis años mis padres alquilaban la casa del administrador de la azucarera en San Cristóbal, una casa con arcos, delante de lo que luego fueron los jardines del hotel Sexi. Eran unos veranos muy largos que empezaban a finales de junio y terminaban en los primeros días de octubre cuando entonces empezaban los colegios”.

Aquellos veranos eran largos, quizá los últimos tan largos, aquello fue “en la edad de la pérgola y el tenis” que decía Gil de Biedma. Y alrededor personajes entrañables que acompañan nuestra memoria por que nos sorprendían: “Otro de mis recuerdos más vivos es que donde está ahora el edificio La Roca había un puesto de patatas que regentaba un señor algo orondo que me llamaba la atención porque llevaba un peto vaquero o algo similar. Bueno, también me recordará por las patatas fritas, claro. Aquello para mí se salía de la cotidianidad de los inviernos. Y se convertían en personajes que me asombraban. También recuerdo El Calabré y a su propietario, Antonio”.

El cine es esencial en nuestra memoria, en aquella memoria. Tardes de cine donde la imaginación se va desatando y la película nos está sucediendo a nosotros. Cuando los afiches de la película nos sugieren aventuras y nos vamos imaginando la historia antes de que la película se nos proyecte: ” Recuerdo el cine Coliseo, yo entonces ya era aficionado al cine, y me veía por una peseta en el gallinero o por tres en el patio de butacas, aquellas películas de peplum romano que nos encantaban como Hércules, El Coloso de Rodas, Maciste y similares con aquel actor de nombre Steve Reeves”.

En aquellos verano todo era asombro, descubrimiento, paisajes que con los años desaparecerán y que vuelven de repente en un paseo casual donde miramos a nuestro alrededor y ya nada es igual pero en la memoria no desaparecen y se convierten en ese palimpsesto del que hemos hablado en el preámbulo: “San Cristóbal era un paisaje vacío.

Creo recordar que entonces había tres chalet. En uno de ellos vivía un señor que se llamaba Lorenzo y en agosto en el santo de él y de su hijo, que se llamaba como él, nos invitaban a una fiesta que lo que más me subyugaba era un globo de papel de china, que ahora son muy populares, y que le ponía una mecha de algodón empapada en alcohol o gasolina y al prender aquello ascendía y nos quedábamos los niños elucubrando a dónde llegaría hasta que se nos perdía de vista y parecía una cosa de magia. También recuerdo esa casa magnífica que todavía está, casi una reliquia que sigue en pie que es la de Tomás Girón con ese estilo impresionante, californiano, muy moderno para lo que se hacía entonces”.

La infancia está llena de aventuras, y que muchas veces pasan por travesuras pero que son connaturales a la inquietud de conocimientos. “Una de las de las diversiones era colarnos en la piscina del Sexi para bañarnos y mucho más cuando cambiaban el agua que era una cosa transparente que nos gustaba mucho. Tengo una anécdota del director de cine Miguel Hermoso, que era de la pandilla junto con los Álvarez de Cienfuegos, y que jugando con nosotros en uno de los trampolines desde donde nos tirábamos, al lanzarse al agua se abrió una brecha en la cabeza y se lo tuvieron que llevar los camareros al hotel para suturarle la herida. Otra anécdota, por la cual el entonces director del Sexi, Tomás Girón, nos prohibió la entrada a los niños Navajas fue que no se nos ocurrió otra cosa que lavarnos el pelo en la piscina con una especie de champú que venía en unas bolas y cuyo atracción principal es que el mejunje que contenía era de colores muy brillantes y claro llenamos la piscina de espuma. Y aquello fue definitivo. No entiendo como aquel hotel llegó a desaparecer con aquel encanto mediterráneo que tenía y sobre todo el estilo y la solera que desprendía. Recuerdo también un chamizo que colocaron en un lateral del hotel como aparcamiento y los niños jugábamos a averiguar por las matriculas las nacionalidades de los mismos. Y así sabíamos que en el hotel se alojaban franceses, ingleses o alemanes. Muchas veces eran coches impresionantes como Astor Martin o marcas entonces poco comunes en las calles de aquella España”.

“Pero agosto siempre serán las fiestas de Almuñécar, con aquellas atracciones fantásticas, o al menos para nosotros en aquel tiempo nos lo parecían, y que se reducían a los columpios en forma de barca que instalaban unas veces en San Cristóbal y otras en la playa del paseo, creo que se llamaban las barquillas de Puri y Manolín y que como cosa curiosa recuerdo que a las niñas les ponían unas gomas para que no se les subiera con el balanceo la falda y estaba prohibido que el columpio diera el giro completo, que era lo que queríamos todos, y cuando te veía disparado el operario daba una frenaba con una palanca. También había una caseta de tiro donde apuntabas a un muñeco pintado que tenía una bola sobre la cabeza y si dabas en la bola por la boca del muñeco salía el premio que podía ser un chicle o un caramelo”.

“¡Y las misas de domingo en La Resina!, donde ahora está esa instalación que se llama Turismo Tropical. Eran a las ocho de la mañana e ir hasta allí nos parecía una distancia tremenda. Ahora vas a Chinagorda que así se llama la zona, y te parece un paseo. Entonces era como cruzar el desierto de los Tartaros”.

“Otro de los momentos que siempre recuerdo, y porque pasamos mucho miedo, fue una excursión que hicimos en la barca de un amigo de la familia, Antonio Tastet, al peñón de Afuera, te digo al peñón de Afuera no a la punta de la Mona. Antonio en una barca que tenía nos daba cortos paseos por la orilla y así, pero un día llegamos a los peñones y recuerdo que se levantó algo de corriente y la barca empezó a moverse y aquello nos debió parecer una galerna y por más que Antonio decía que no pasaba nada nosotros sentíamos un miedo tremendo”.

“Para mi Almuñécar es una ciudad que marca mucho mi biografía y sigo viniendo y lo seguiré haciendo. De hecho cuando estaba de fiscal en San Sebastián me cruzaba España en autobús para pasar aquí dos días. Aquello era tremendo, pero necesitaba venir a Almuñécar. El Almuñécar de ahora sigue relajándome, aunque con el boom de la construcción se ha ido deteriorando el paisaje, pero sigue existiendo su magia”.
“Viajas hacia ella, vienes de ella”.

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