¿Pierden sentido los objetos en su tránsito y mudanza? Sí, cuando somos nosotros quienes transitamos y mudamos con ellos y recordamos donde estuvieron, cuál era su función de entonces y hasta el respeto que se imponía el tocarlos o el sacarlos del mueble donde se guardaban los ajuares familiares que sólo se utilizaban en ocasiones extraordinarias. El tiempo los ha hecho nuestros y con su pertenencia hemos adquirido esa confianza cotidiana que pervierte cualquier sacralización hasta desnudarla de su misterio. Pero si reflexionamos, y aunque suene a refutación, en cierto modo no lo han perdido puesto que su recuerdo va ligado a un escenario y unos personajes cuya coincidencia ya no es posible por el desbaratamiento que es la existencia. Y aunque Marcel Proust lograse gran enjundia a la magdalena de la tía Leonie, tanto como miles de páginas magistrales que revolucionó el arte de novelar, no es este el momento de ser Proust.

No obstante, hay fechas concretas donde parece que las cosas vuelven a recuperar memoria de su antiguo status o el esplendor que su uso constituía en el hogar familiar, y movidas por extraño déjà vü, querer recordarnos la importancia que tuvieron en su momento y hasta logran inquietarnos debido a la tremenda carga de recuerdos que avivan. Navidad, precisamente, es una de esas ocasiones. Pero como dice Juan Cruz en su magistral “Egos revueltos; “lo que la vida devuelve es el invencible fracaso del porvenir”.

Curiosamente, esta tarde, intentando hacer espacio en un trastero, para acomodar mi desesperante manía de coleccionar revistas, al apartar unas cajas que quedaron sin abrir en mi última mudanza, y que habían sido olvidadas por completo, el fisgoneo me ha conducido a destapar una de ellas. Y allí, bajo el envoltorio de plástico con burbujas, como un tesoro arqueológico oculto a sabe Dios qué singular rapacidad indecorosa imaginaríamos al guardarlo, estaba la sopera que en mi casa se utilizaba cada Nochebuena a juego con la vajilla de fiesta: una finísima porcelana blanca decorada con espigas en verde y gris de bordes dorados.

Hace tiempo que esa sopera dejó de utilizarse y como si de algo vivo se tratase mientras la contemplaba me ha contado el más bello cuento de Navidad

¿Por cuántas navidades habrá pasado y cuántas sopas de picadillo habrá contenido? ¿Qué cuidados se habrá puesto en su tránsito de la cocina a la mesa y viceversa, cada vez que el recipiente debía ser el elemento funcional y decorativo que señalase la ocasión extraordinaria que la requería? Y allí estaba y yo frente a ella. Era como una gran dama huida de la hecatombe del tiempo en su caso, que es descubierta bajo los fardos de la mercancía del mercante donde huyó y que no sabe qué ha pasado el peligro, pero presiente que sí han pasado sus fastos de entonces.

“Aunque ya nada pueda devolver los días de esplendor en la hierba…”. Le he dicho en mi nueva facultad de poder hablar con soperas.

…y de la gloria en las flores, no hay que afligirse porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo…”. Me ha contestado un ciento de voces como tantas se sirvieron del recipiente.
Hace tiempo que esa sopera dejó de utilizarse y como si de algo vivo se tratase mientras la contemplaba me ha contado el más bello cuento de Navidad que en mi vida he oído y donde estaban aromas, desaparecidas presencias en torno a la sopa hirviente. Ella sigue aquí, limpia de olvido, dispuesta a que acompañemos mutuamente nuestra soledad en este naufragio de la gloria en las flores en que nos dejó todo aquello. Le he prometido, para esta Navidad, una sopa similar a la que acostumbraba. Ella me ha pedido algo más moderno, más deconstruido. Será.

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