El relator Juan Martín de Rosales

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Nuestro camino de Amarcord nos lleva a un personaje de alcance largo por familia y por trayectoria vital en Almuñécar. Juan Martín de Rosales nos cruza desde el XIX hasta el XXI conocedor de las venas, meandros, recodos, vueltas y revueltas del río que va a dar a la mar. De toda su experiencia queda sabiduría y una fascinante conversación repleta de historia y anécdota convertida ambas en un espectáculo de gran narrador. Tataranieto de la conocida terrateniente local del siglo XIX doña Encarnación Márquez, ella personaje que pudo ser del realismo mágico, Juan compila en memoria prodigiosa la historia colectiva local pero añadiendo algo de psicomagia en su interpretación de símbolo y metáfora. O séase, que crea un conversar que va desenvolviendo imágenes en el trayecto y que sólo puede permitirse un gran relator: La realidad nunca es una pues que la memoria la transforma y la va recreando en palabras que van creando imágenes.

Nuestro relator, en su calidad de forastero, como en aquellos primeros años cuarenta llamaban los nativos a los veraneantes (“Fíjate no éramos granadinos, éramos los forasteros”), nos subraya Juan, dice recordar aquellos largos veraneos como la etapa más feliz de su vida: “Éramos niños salvajes y libres. Desayunábamos y nos mandaban a la calle y ya podíamos ir donde quisiéramos o bien a la playa o al paseo o al rio. Recuerdo que teníamos dos tipos de ropa la de mañana y la de salir. La primera eran unos pantalones cortos con peto y unas alpargatas sin más camisa ni nada. Ya por la tarde nos ponían más arreglados, nos bañaban por “distritos”, entonces no había duchas, nos ponían nuestras camisas y sandalias y nos íbamos al paseo de El Altillo a jugar al corro niños y niñas. Una cosa prodigiosa donde empezaban los primeros escarceos de los amoríos infantiles”.

Hay que decir que era un Almuñécar bastante sucia. Muchas calles eran de tierra y en ellas defecaban los mulos y las cabras, que había muchas, “al jugar los niños en la tierra de las calles si nos hacíamos alguna pequeña herida aquello provocaba que tuviéramos continuamente granos en la piel que nos curaban con una pomada que se llamaba Pental”.

Tengamos en cuenta que eran los primeros años de la posguerra, que la pobreza era extrema y la suciedad también. “Recuerdo aquella enfermedad ocular llamada tracoma provocada por una bacteria que dejaba ciega a la gente. Hay una imagen totalmente devastadora de aquellos veranos de mi niñez que es ver una fila de mujeres mayores todas vestidas de negro, a la que quiero recordar se llamaba la “procesión de los pobres”, y que todas estaban afectadas de tracoma, por tanto ciegas, y pedían limosna unas agarradas a las otras. Era una cosa espectral y totalmente medieval”.

“El Almuñécar de los veranos de mi niñez era un sistema endogámico de pequeños burgueses que teníamos poco contacto con el nativo. Los llamados forasteros éramos unas veinte o treinta familias granadinas que veraneábamos de San Juan a la virgen de las Angustias que era cuando volvíamos a Granada. Pero voy a contarte una cosa curiosa de como se organizaba esta sociedad en sus veranos, pero también sociológica, ya que en lo que voy a decir se entrevé cierto cambio que empezaba a producirse en aquella España autárquica y esencialmente religiosa. Había dos zonas esenciales para veranear; una era el barrio Fígares y otra el paseo de El Altillo y La Caletilla, pero con un paso entre ambas parte que era la calle Manila. Mi familia veraneaba en el barrio Fígares que era la parte muy conservadora y religiosa de aquella sociedad. Por las tardes en mi barrio podías ver a las familias reunidas en los porches rezando el rosario, pero si pasabas por la travesía cuyo arco todavía existe que desemboca en la calle Manila ahí se producía el cambio hacia el otro aspecto más lúdico y con menos encorsetamientos de la otra sociedad de veraneantes.

Si paseabas por el barrio Fígares estabas oyendo jaculatorias y misterios del rosario, de las casas del otro lado oías música y una gente más desenvuelta que jugaba a juegos de mesa y organizaban bailes o fiestas. Ya empezaba a producirse un cambio esencial de lo que luego sería la Almuñécar de los años sesenta, entonces la calle Manila era la barrera entrambas”.

“En la zona conocida como Montemero lo que hoy es la parte central del paseo de La Caletilla podría decirse que se concentraba la modernidad de entonces con las familias Periquet, Dorronsoro, Muñoz, Prieto Moreno, Robles. Siempre los cambios sociológicos los suelen provocar pequeños grupos que luego lo extienden al resto de la sociedad. Y este grupo que se concentraba en Montemero era como si dijéramos la parte más cosmopolita de los veraneantes. Allí se empezaron a ver los primeros biquinis, las primeras lanchas, los primeras bragas náuticas que se ponían los que hacían pesca submarina y que cuando desembarcaban en la playa se tapaban con pudorosos monos. Unos uniformes que habían adoptado ellos por respeto a las señoras. Y como no había sitios nocturnos se organizaban sangrías en la playa. En fin, empezaba otro mundo”.

“Una figura esencial del gran cambio de Almuñécar, en cuanto a turismo, fue don Francisco Prieto Moreno y su idea de urbanizar la Punta de la Mona que fue un referente de arquitectura y urbanización. Al menos personalmente lo veo así. Es cuando Almuñécar tiene un despegue que se palpa. Poco antes el hotel Sexi pudo ser la espoleta, pero el revulsivo mayor es la Punta de la Mona que es lo que trae un turista de calidad y extranjero que compra los primeros chalets. Ese es el punto de inflexión donde se visualiza un cambio. Los años cuarenta y cincuenta es una sucesión de un turismo familiar granadino, pero tanto el hotel como esa inversión concreta del proyecto de Prieto Moreno anuncian un no retorno. Luego, que el futuro no haya conseguido construir bien sobre esos pilares es otro asunto”.

A partir de aquí, en esta frontera o respiro que ya se empieza a imponer en la sociedad española con la llegada de los años sesenta, con sus planes de desarrollo e infraestructuras y con los embalses y el seiscientos y sobre todo el turismo y el turista un millón, la sociedad (todas las que eran como ella) del barrio Figares se va desgajando de este camino de Amarcord. También ese tipo de forastero arrogante empieza a incomodar al nativo y a sus preferencias fenicias. El sector servicio se rebela a la servidumbre del limosneo y empieza a mezclarse con el foráneo a encontrarse a mutarse.

Pero ese es otro camino de Amarcord en el que Juan Martín de Rosales tuvo amplio protagonismo y que seguiremos contando “Por el camino de Amarcord Años 60”.

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