En esa confusión nebulosa en que vivimos los desmemoriados, recuerdo vagamente una anécdota que leí en un libro que puede que fuese de Eslava Galán, quizá de Luis Carandell o tal vez de ninguno de los dos. En todo caso, contaba el autor que, en la tensión de los años anteriores a la Guerra Civil, salía la procesión de la patrona de un pueblo y se formó un tumulto entre los muchos que abucheaban y los pocos que defendían el cortejo. El cura vio que la cosa se ponía fea y, temiendo por la integridad de la imagen, ordenó dar la vuelta y ponerla a salvo en el templo. Entonces arreciaron las protestas del los alborotadores, clamando que no querían saber nada de curas, pero que la Virgen era del pueblo y no había derecho a quitársela. La cuestión acabó con los presuntos iconoclastas llevando a hombros la imagen en procesión, que una cosa es el anticlericalismo y otra la santa patrona.

Hace tiempo aprendí que no hay que ser devoto, ni siquiera creyente, para peregrinar a Santiago de Compostela, ser cofrade de alguna hermandad o llevar a los niños a la cabalgata de los Reyes Magos. En la historia de cada comunidad resulta prácticamente imposible deslindar los aspectos religiosos de lo que son costumbres o tradiciones. La religión forma parte de las emociones de la infancia y se mezcla con la familia, las primeras nociones de solidaridad y respeto, la idea de patria, la lengua común, la herencia querida y transmitida; en definitiva, es inseparable de nuestra identidad.

Si entendemos esta complejidad en el mundo propio, nos resultará más fácil entenderla también en el ajeno. Pongamos un ejemplo tan contrario a nuestros valores, al menos a los míos, como el velo islámico: es un símbolo religioso, una muestra de opresión, una afirmación de identidad, un derecho… Todos esos significados y muchos más, en el mismo acto e incluso en la misma persona. Intentar censurar unos aspectos y mantener otros me recuerda al niño que quería meter el mar en un hoyo y que dio una lección de teología al mismísimo Agustín de Hipona. Nos conduce inevitablemente a ese callejón sin salida en que tantas veces acaban nuestras buenas intenciones.

Como todo el mundo sabe, fue Carlos Marx quien dijo eso de que la religión era el opio del pueblo. Pero quizá muchos hayan olvidado la cita completa. Creo que vale la pena recordarla: “La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura atormentada, el alma de un mundo desalmado, y también es el espíritu de las situaciones carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.”

En un mundo cada vez más desalmado, más lleno de miseria y de criaturas atormentadas, no podemos permitirnos el lujo de renunciar a los símbolos comunes del espíritu. A todos, para todos, feliz Navidad.

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