En septiembre se cumplirán los sesenta y dos años de la Lolita de Nabokov, que es ya un clásico de la literatura del siglo XX, por ponerle un siglo a la obra maes­tra. Dolores, Dolly, Lola o Lolita estaría hoy en los setenta y largos; pero lo bueno de los mitos literarios es que siempre se quedan con la edad literaria, mientras que lo malo queda para los lectores que vamos pasando hojas y horas y, antañones, no estamos ya de última generación. O sea, como una silla o safá vintage de las que la revistas de decoración de luxe visten el interiorismo de los casoplones del verano.

La primera vez que leí Lolita, servidor era un niño snob y resabiado, y releyéndola ahora soy un señor de la edad del libro con umbrosas humedades aparte otras dolencias. He de decir que me interesa la escritura y el estilo Nabokov, pero paso de Lolita y de su madre. Me ocurre igual con la película de Kubrick, la que por cierto pasa de cosas fundamentales de la novela y se para en otras como queriendo arreglar la plana a la obra maestra pero que no tienen demasiada hechura cinematográfica. Kubrick era grande, pero maniático según contaba en su biografía Kirk Douglas, y es que también Nabokov lo era en ambas facetas. O a lo mejor es que no me gusta Lolita, simple y llanamente.

Lo rubio y el chicle definian aquellas lolitas de principio de los 80

A la nínfula literaria o cinematográfica, Umbral le dedicó arrobas y arrobas de adjetivos y frases y páginas enteras. Y ahora a maestro Umbral no le lee nadie en ese purgatorio por el que pasan los muertos ilustres si la época que le sucede es pacata, hipócrita, ágrafa y con Lolitas que hacen botellón mientras whatsAppean, taimadas, un rosario con la madre.

Hace sesenta años Lolita estaba aprendiendo la seducción, hoy la seducción tiene el manual chusco como la política, el arte. la gastronomía, etc.. etc… Que tampoco voy a cansar con una lista de disciplinas muy controladas y colgadas al manual de lo correcto.
Recuerdo que en una entrevista aparecida en Jot Down lo decía la personalísima actriz, Victoria Abril: “En los noventa apareció eso de lo políticamente correcto y a partir de ahí hemos ido perdiendo libertades”. Ya, hasta el día del Orgullo Gay se ha convertido en una cuchipanda institucionalizada donde los políticos tienen su parcela actoral para repartir tolerancia, y el mercado turístico otra marca que añadir a su catálogo multicolor.

Pero en este agosto también volverá la muerte con Lorca y Marilyn a la cabeza. Otros dos mitos que marcaron nuestra vida literaria y cinematográfica. Otras dos bellezas de nuestra cultura devoradas por eso que Lucio Annéa Seneca sentenciaba como “Nadie se preocupa de sí mismo, consumiéndose los unos en los otros”. Nos devoramos con cápsulas de envidia y odio. La una se ponía para dormir solamente unas gotas de Channel y el otro dijo que la vida no es buena ni sagrada.

Las lolitas y los tadzios (Muerte en Venecia) de ahora, que eran mayoreros en esencia cuando sus historias, se ilustran hoy de tatuajes imposibles y descaro, cuando no una delincuencia atenida a falsas delaciones muy respaldada por un proteccionismo más atento de las apariencias que de la verdad en la mayoría de los casos.

Yo también fui un lolito, un tadzio, un juego de seducción aprendido en la Filmoteca Nacional o en la Alejandría de Durrell y en el Onades de Terenci Moix.

Hoy los veranos son una foto en Instagram, ese polaroid moderno. El mío viene en foto sepia.

Compartir
Artículo anteriorLuna de agosto
Artículo siguienteNúmero 1. Agosto 2017

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here